Aunque tendemos a ignorar o “superar” nuestras emociones, ellas son una valiosa fuente de información acerca de quiénes somos y qué necesitamos.

Ardí de pasión. Morí de tristeza. Enloquecí de furia. Me doblegó el miedo.
Las emociones son nuestras compañeras más cotidianas: enhebran, definen y pintan con múltiples tonos el paisaje de nuestros días. Pero como transparentan las expresiones que abren, le tememos a su influjo, imaginándolas como llamaradas incontrolables que nos esclavizan y nos roban de nuestra capacidad de responder libre y racionalmente.
Las emociones son expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.
Las emociones son expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.
No es de sorprender. Por siglos, la filosofía y la psicología han tendido a asociar las pasiones con “bajos impulsos”, apetitos y reacciones irracionales y poco dignas de la civilización que supimos procurarnos. Esta actitud de desdén nos lleva a desoír lo que sentimos, particularmente cuando se trata de emociones aflictivas -mal llamadas “negativas”- como el miedo, el enojo, la culpa, la tristeza, la frustración, el agobio, la vergüenza, los celos, la envidia. Cada una de estas emociones tiene un mensaje que aportarnos, una información valiosa acerca de qué anhelamos, qué nos importa, qué necesitamos de los demás, qué reglas son importantes para nosotros, qué pérdidas nos duelen, qué afectos queremos preservar.
En la introducción a su magnífica obra La sabiduría de las emociones, el psiquiatra argentino Norberto Levy señala: “Del mismo modo que las luces del tablero de mandos del automóvil se encienden e indican que ha subido la temperatura o queda poco combustible, cada emoción es una luz de tonalidad específica que se enciende e indica que existe un problema a resolver”.
Como las emociones aflictivas nos causan sufrimiento y nos producen rechazo, hacemos cualquier cosa por ignorar esas señales, distraernos de ellas y “superarlas” rápidamente. Intentamos poner fin por decreto a nuestra tristeza, por ejemplo, y en su lugar quedamos atrapados en una vaga sensación de desánimo que nos separa del mundo y nos anestesia. Reprimimos nuestro enojo, y su energía contenida nos lleva a hacer o decir cosas que luego lamentamos.
Otras emociones -como los celos y la envidia- sufren además un fuerte repudio social. En lugar de entenderlas -en la clara definición de Levy- como el miedo de perder a un ser amado por causa de un tercero, o el recordatorio doloroso de una carencia, respectivamente, las sentimos como la encarnación del mal en nuestro seno, y las negamos. Como consecuencia, estas emociones pasan a estar “en sombra” -alejadas de nuestra conciencia-, y en lugar de sentirlas las actuamos (por ejemplo, agrediendo sin quererlo) o las proyectamos (viéndolas en otros, en vez de en nosotros mismos). Todas estas emociones pueden tener una versión patológica y distorsionada, por supuesto. Pero, en esencia, son mensajes que podemos y necesitamos atender.
Expresiones de vitalidad
La psicología no se ha puesto de acuerdo respecto de qué son las emociones y qué función cumplen. Tras examinar la gran variedad de teorías contrapuestas, el psicólogo junguiano James Hillman llegó a esta conclusión: “Hasta el momento, las emociones siguen siendo un problema con solución inefable”. Pero siguiendo al terapeuta John Welwood, autor de Psicología del despertar y otras maravillas, podríamos pensarlas como expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.
Por su propia naturaleza, las emociones son intensas y efímeras: duran en promedio unos 90 segundos. Los sentimientos, en cambio, son la huella que dejan en nosotros las emociones tras pasar por la conciencia, y son más duraderos y atenuados.
Si les damos nuestra atención, las emociones tienden a drenar por sí mismas. A veces mutan en otra emoción subyacente. Por ejemplo, el enojo puede dar lugar al miedo (o viceversa), la envidia a la tristeza, la culpa al dolor. Y también es habitual que, una vez expresadas, hasta las emociones más difíciles den lugar a una profunda sensación de alivio, y hasta de liviandad y alegría.





Reflexiones:-
Laura Lisarazo dice:
25 septiembre, 2017a las10:40gracias, un verdadero aprendizaje