Un sentido crucial en los primeros meses de vida, con el paso del tiempo queda relegado. Queremos ver, tocar, saborear, pero… ¿escuchar? Recuperar la escucha atenta puede beneficiar nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

“La música es el vino que inspira nuevas creaciones, y yo soy Baco que prensa este delicioso vino para los hombres y los embriaga espiritualmente”.
–Ludwig van Beethoven
En la mitología griega, Dionisio es el representante de la vendimia, la diversión y el teatro. (El nombre Baco alude al mismo dios en la cultura romana).
Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, el dios agasajó con un banquete a los Sentidos, para que apreciaran el vino, su creación máxima.
El Gusto, por supuesto, fue el más favorecido por su ventaja de poder saborearlo. La Vista apreció el color tan particular del líquido. El Tacto se contentó con la experiencia de acariciar la copa de un cristal finísimo, en donde el vino estaba servido. El Olfato se maravilló con las complejidades aromáticas de la sustancia presentada en el banquete.
Pero por más que el dios se esforzara en hacer participar al Oído, este se mostró molesto por no contar con un lugar equitativo en el disfrute. Consciente de esta desventaja, Dionisio se esforzó en lograr contentarlo y hasta lo llevó a los lugares donde se podía escuchar el sonido de la fermentación del mosto. Sin embargo, pese a los intentos del anfitrión, el Oído se mostró apesadumbrado porque su deseo era participar en pie de igualdad con sus compañeros.
Dionisio consideró la mejor solución. A partir de entonces y, en su honor, instauró la costumbre de chocar las copas a modo de brindis en cada oportunidad que se bebiera. De este modo, el Oído finalmente se sintió partícipe digno de toda ocasión en que se celebrara esta convocatoria al disfrute.
Me pregunto, ¿cuál habrá sido el sentido simbólico de argüir tal desventaja para el oído? ¿O habrá sido un mero recurso literario para redondear estéticamente la historia?
¿Y si, en vez de oír, escuchamos?
Ya sabemos oír. O, mejor dicho, simplemente oímos, si contamos con la fortuna de poseer este sentido en un estado más o menos saludable. Nada puedo agregar en este libro al respecto.
Pero… ¿y si escuchar fuera algo de una categoría diferente? ¿Si hubiera que cultivar la escucha? ¿Si no está dada ni garantizada? ¿Cabría la posibilidad de pasar por la vida habiendo escuchado poco o nada?
Siempre estamos oyendo. Aun cuando dormimos. Allí radica la diferencia. Debe haber “alguien” que oiga para volverse “escucha”. Un yo. Una persona consciente que discierna entre los estímulos y la riqueza de los contenidos.
Voces, no solo palabras; música, no solo notas entramadas que rellenan un espacio ambiente; sonidos naturales que pueden volverse significativos para la conciencia; ruidos de seres vivos con los que con vivimos ya sea en el medio de la naturaleza o en una ciudad populosa.
No es mi intención ofrecer una mirada ingenua, promoviendo que uno se vuelva completamente abierto para escuchar lo que sea. A veces es mejor no escuchar. Pero eso debería ser una decisión consciente, y no un mecanismo de defensa que dispara nuestro cerebro.
¿Cabría la posibilidad de pasar por la vida habiendo escuchado poco o nada?
Aprendiendo a no escuchar
A medida que crecemos, el proceso de aprendizaje hace que nos concentremos en lo simbólico, lo racional, dejando a un lado aquella riqueza emocional que se jugaba en el intercambio con los otros cuando éramos niños.
De un modo progresivo, vamos dando más importancia a lo que pensamos que a lo que el otro nos dice. Consideramos que las propias palabras son suficientes para convencer, seducir, ayudar, aconsejar… Esas palabras, cuidadosamente pulidas, acaparan toda nuestra atención y las estimamos como únicas e indispensables. Ser claros, precisos, seguros en lo que decimos parece ser suficiente para garantizar un intercambio, dando por sentado que nos hemos hecho entender y que conseguiremos lo que queremos.
Pero hay un paso que casi siempre nos salteamos: escuchar.
Escuchar, no para sucumbir o ser colonizado por el pensamiento o la voluntad del otro, sino para entender lo que dice, y también, lo que siente. Escuchar al otro atentamente, intentando comprenderlo… Y ver después qué hacemos con eso. Eso sería una escucha activa.
En cambio, la escucha que ejercemos es pobre. Porque perdemos una posibilidad fundamental de la comunicación, que es poder conocer mejor al otro, su punto de vista, lo que le pasa.
Al poner tanto énfasis en lo racional, el mundo emocional queda opacado.
En nuestra sociedad, mostrarse sensible puede convertirnos en objeto de bullying. Hay que ser fuerte, asertivo y poder con lo que sea que nos propongamos. No nos conviene que nos escuchen en un grado de sensibilidad diferente. Hablar no vale lo mismo que escuchar. Lo que seamos capaces de decir y, por supuesto, de sostener, argumentar, defender es reconocido. ¿Quién sería estimado del mismo modo por saber escuchar?
En resumen: un sentido crucial en el comienzo de la vida ha quedado relegado con el paso del tiempo. En la etapa productiva de las personas, oír queda reducido a una mera función de los sentidos, en desventaja respecto de los otros, que sí parecen protagonizar el despliegue de lo humano. En nuestro apogeo de relación con el mundo, queremos “ver” más, queremos “tocar” todo lo que pudiera tocarse, “saborear” todo lo que pueda degustarse, incluso “oler” todo lo que fuera posible apreciar. ¿Pero escuchar? Me animo a decir que no existe el mismo interés.
Daniel Tocchini
Extraído de El sentido olvidado – 20 conversaciones sobre la escucha, de Daniel Tocchini.
Este libro propone algo tan simple como revolucionario: recuperar un sentido que damos por obvio, pero que, en palabras del autor, se ha vuelto “un software olvidado” que necesita actualizarse para poder vivir con más conciencia, profundidad y presencia .
A través de 20 conversaciones íntimas y sorprendentes, Daniel Tocchini reúne un coro de voces que amplían nuestra comprensión de la escucha: músicas, médicos, montañistas, psicólogos, pensadores contemporáneos y referentes espirituales. Cada capítulo revela una forma distinta de escuchar: al otro, al silencio, al cuerpo, al paisaje, a la música y a uno mismo.
Daniel Tocchini es counselor, músico y escritor. Tiene un postgrado en procesos de acompañamiento en desarrollo personal, crisis vitales y duelos. Es creador de Escucha Esencial®, que integra recursos de las neurociencias con la apreciación musical. Cursó la carrera de canto lírico en el conservatorio Manuel de Falla de la ciudad de Buenos Aires. Es autor de las novelas “Gardelia” (Editorial Gran Aldea, 2022) y “La laguna de Offer” (Editorial Sudamericana, año 2000).


Reflexiones:-
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Luciana Moriconi dice:
22 enero, 2026a las13:44Qué reflexión tan fundamental; cuánto necesitamos poder Escuchar. Voy a leer el libro abierta a seguir aprendiendo sobre ésto, cómo incorporarlo plenamente en mi vida y ayudar a hacerlo a los demás.
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Busca tu felicidad, y el universo abrirá puertas para ti allí donde solo había paredes.
—Joseph Campbell
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