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Alimentar la Gran Canción

Fabiana Fondevila

Fabiana Fondevila comparte lo vivido durante la Noche de la Gratitud. Un encuentro cargado de emociones en el marco de los 100 años Br. David, quien invita a vivir la vida entendida como una Gran Canción.


Cada año, nos reunimos alrededor de una propuesta tan sencilla como transformadora: detenernos, hacer silencio y recordar que la gratitud no es simplemente decir “gracias”, sino una manera de habitar el mundo. Inspirada en la enseñanza del Hermano David Steindl-Rast, La Noche de la Gratitud abrió un espacio sagrado en la vorágine cotidiana para volver a escuchar lo esencial y renovar nuestro compromiso profundo con la vida.

Esta fue una velada especial, ya que además celebrábamos los 100 años de nuestra alma mater. El encuentro partió de una imagen milenaria que comparte el Hermano David: la existencia entendida como una Gran Canción. Cuando afinamos el oído y el corazón, escuchamos la Canción y recordamos que somos parte de una trama mayor. Cuando el apuro o el estrés nos llevan a aislarlos, vivimos bajo la ilusión de estar aislados, sin verdadera conexión con el entorno, ni unos con otros.

A partir de esta reflexión, compartimos ejemplos de lugares y momentos donde reconectamos con la melodía vital, y las distracciones que nos alejan de ella.

La vivencia dio paso a una meditación en movimiento: una caminata contemplativa por los propios espacios, observando los objetos más sencillos —una taza, una planta, un libro, una ventana— con ojos nuevos: ¿Qué vasta red de manos, dones e intenciones invisibles hicieron posible que esos elementos llegaran a nosotros? Reconocer cuánto de lo que nos sostiene fue recibido a modo de gracia despertó una profunda comprensión de la interconexión que nos rodea.

De esa indagación sobre la abundancia recibida nació el gesto central del rito: la pregunta por la propia contribución. Si la vida es una orquesta, nadie puede tocar toda la melodía solo, pero tampoco nadie puede ofrecer nuestra nota particular. A la luz de las velas, de a uno nombramos en voz alta nuestros compromisos: desde acompañar a quien atraviesa una enfermedad o visitar a amigos internados, hasta compartir saberes, brindar una sonrisa amable a las personas que nos cruzamos por la calle, o fortalecer redes comunitarias de cuidado.

El encuentro concluyó en un silencio compartido que unió nuestras rostros iluminados por las velas. La Noche de la Gratitud nos recordó que la Gran Canción nunca deja de sonar, y que la verdadera celebración ocurre cuando lo recibido se transforma en gratitud, y la gratitud en un gesto cotidiano de cuidado.

Compartimos algunos agradecimientos y compromisos de los participantes:

Gracias, gracias, gracias por la salud de mis hijos y nietos. Me comprometo a visitar a dos compañeras de trabajo que tienen problemas de salud.

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