“El Misterio es algo que no podemos aprehender intelectualmente, pero que sí podemos entender. Estamos inmersos en el Misterio como una gota en el océano y, sin embargo, podemos tener una relación con Él” (Br. David Steindl-Rast).
Al hablar de Misterio, nos referimos a aquella Realidad Última a la que las diversas tradiciones religiosas han dado distintos nombres. El Misterio es absolutamente trascendente y al mismo tiempo es “es más íntimo a mí que yo mismo” (San Agustín).
La fe no significa creer algo. La fe consiste en una valiente confianza en la vida; es la respuesta a la fidelidad que radica en el corazón de todas las cosas.
A lo largo de mi vida voy conociendo innumerables pequeños tús. Sin embargo, en mi mundo interior experimento un solo gran Tú, que de alguna manera los abarca a todos. La pasión por un tú humano será genuina y profunda sólo en la medida que abrace al Gran Tú.
Defender la dignidad humana requiere una entrega que podremos sostener sólo con una actitud de reverencia ante cada niño, cada mujer y cada anciano, reverencia que se funda en nuestra apertura al Misterio. La dignidad humana tiene sus raíces en el Misterio.
Una amorosa, diligente y maternal Presencia, más cercana a nosotros de lo que estamos a nosotros mismos, nos ha perdonado desde antes que comenzara el tiempo.
Nadie está solo ante el Gran Misterio, aquella Realidad tan íntimamente familiar y a la vez inexplicable que atrae la aguja de la brújula del corazón humano.
Las diferentes religiones son como puertas que conducen a un mismo santuario. Cuanto más avanzamos hacia el interior para sentirnos allí como en casa, tanto más libremente podremos entrar y salir por sus diferentes puertas.
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